Sacha Guitry, el malicioso

Publié le par Página 12 por Diego Brodersen

“No tenía complejos, y qué bueno para el cine francés, que de este modo le debe una docena de buenas películas”, escribió François Truffaut de este actor y realizador injustamente olvidado.

"Quadrille" (1938) es un paseo por el vodevil más sofisticado en la mejor tradición de Guitry.

"Quadrille" (1938) es un paseo por el vodevil más sofisticado en la mejor tradición de Guitry.

En Las películas de mi vida, François Truffaut escribe que “la expresión ‘teatro filmado’ se creó para estigmatizar al cineasta que se atreve a filmar una obra de teatro sin insertar escenas callejeras, una persecución por los techos, dos automóviles y un caballo desbocado”. El texto en cuestión lleva por título “Sacha Guitry, el malicioso” y es una defensa desembozada y aguerrida del gran dramaturgo, actor y realizador francés que durante mucho tiempo –incluso hoy en día– fue menospreciado precisamente por hacer lo que mejor sabía hacer: llevar a la pantalla sus propias piezas teatrales sin imponerles una pátina “cinematográfica” a partir de trucos como los mencionados por Truffaut. El breve pero muy representativo ciclo de cuatro largometrajes que la plataforma Mubi ha programado permite acercarse a una porción de la obra de Guitry concentrada en el período más prolífico de su carrera, a mediados de los años 30. Una gran oportunidad para descubrir los placeres de un modo de entender el cine tantas veces incomprendido.

 “Sacha Guitry era un chapucero, odiaba revisar y refinar una película; estaba contento con su guion, seguro de sus intérpretes, le encantaba filmar de la manera más rápida y cómoda posible, a veces con dos cámaras zumbando al mismo tiempo, un espectáculo forzosamente cinematográfico en tanto que impreso sobre película”. Así continúa la descripción socarrona del director de Los cuatrocientos golpes, antes de afirmar que Guitry –nacido en San Petersburgo en 1885, hijo de actores que habían escapado de sus respectivas familias para casarse en secreto– “no tenía complejos, y qué bueno para el cine francés, que de este modo le debe una docena de buenas películas”. Entre esos doce títulos, Truffaut menciona Cumplamos un sueño (Faisons un rêve..., 1936) el primer largometraje del cuarteto presentado por Mubi y disponible en una copia restaurada con subtítulos en español. Basada en una obra del propio Guitry estrenada dos décadas antes, se trata de un clásico relato cómico en tres actos que utiliza de manera muy inteligente las posibilidades del montaje cinematográfico, entendido este en sentido estricto y, desde luego, dentro del plano.

Luego de un preludio musical con un sexteto en la escena de la acción, un extenso travelling recorre varias habitaciones de un departamento en plena fiesta. La cámara se detiene en unos y en otros (por allí aparecen brevemente Michel Simon y Arletty, en lo que hoy se etiquetaría como cameos), antes de acercarse a los tres protagonistas del “drama”: el amante (Guitry), el marido (Raimu, célebre por su participación en la “Trilogía de Marsella” de Marcel Pagnol) y la mujer (Jacqueline Delubac, esposa de Guitry y actriz en muchas de sus producciones, incluidas las cuatro presentadas por Mubi). Lo que sigue es una extraña invitación para el día siguiente, excusa para que el futuro amante sugiera pasar la noche con la mujer, desde luego sin la presencia del marido. De tonalidades picarescas y arriesgada para la época (resulta imposible imaginar algo similar en el Hollywood de 1936, completamente atado de manos por su estricto código de autocensura), la noche de los amantes será sorprendida por la presencia del marido y una improbable pero posible solución al conflicto. Sin culpas ni enseñanzas morales.

Uno de los puntos altos de Cumplamos un sueño (el título señala sutilmente la concreción de los deseos sexuales) es precisamente la escena más “teatral”: un soliloquio de diez minutos en el cual Guitry dispara su monólogo a velocidades ultrasónicas, jugando al mismo tiempo con las posibilidades del diálogo telefónico. Con apenas 80 minutos de duración, esta comedia con algo de vodevil es una de las mejores creaciones de su autor, quien, a pesar de ser un recién llegado al cine (excepción hecha de un trabajo documental realizado en 1915) ya contaba con cincuenta años de vida y una profusa obra como escritor y actor de teatro.

Un poco más ambiciosa en cuanto a sus alcances temáticos, Mi padre tenía razón (Mon père avait raison, también de 1936) encuentra al director interpretando a un tal Charles Bellanger en dos etapas de su vida. La primera parte del film describe la relación entre el protagonista y su pequeño hijo, al tiempo que la esposa decide abandonarlos definitivamente; la segunda, veinte años más tarde, encuentra a Bellanger frente a un hijo que no desea casarse. El padre está dispuesto a una compleja estratagema para que su posible nuera termine de “atrapar” al muchacho, todo ello durante el sorpresivo regreso de la esposa, luego de dos décadas sin dar noticias. El tono de Mi padre tenía razón es usualmente ligero, pero está teñido de cierta melancolía y tristeza; sus temas incluyen la difícil consecución de la felicidad, el paso del tiempo y la vejez, la experiencia como buena y a veces mala consejera. Es una pena que el ciclo programado por Mubi no incluya la obra maestra Memorias de un tramposo, película casi sin diálogos y, por lo tanto, toda una excepción en la filmografía de Guitry. En cambio, la plataforma ya está presentando El nuevo testamento (Le nouveau testament, 1936), la única en el ciclo que no posee subtítulos en español, y el lunes 22 se completa el programa con Quadrille (1938), uno de los mayores éxitos del realizador durante los años 30.

Si hay una cuestión que recorre los cuatro largometrajes es el de la infidelidad, en particular aquella que tiene como protagonista a un esposo “con cuernos”, expresión que recorre las pistas de sonido de manera recurrente. Pero Guitry no expone tanto el despecho como las complejidades de las causas de los amoríos y las decisiones que deben tomarse a partir de ellos. En Quadrille, el médico interpretado por la estrella descubre casualmente que su esposa mantiene un affaire con un joven tres décadas menor que ella. Lo que sigue es otro paseo por el vodevil más sofisticado, con un testamento ¿falso? escrito a las apuradas y una reunión donde las hipocresías comienzan a descascararse ante una catarata de revelaciones del pasado y del presente. Incluidas las del propio protagonista, que mantiene bajo presión varios esqueletos en su gabinete. En El nuevo testamento, en tanto, el director de un periódico –interpretado desde luego por Guitry– entrevista a un joven galán de Hollywood, descubriendo algunas horas más tarde que este se ha transformado en el amante de su esposa actriz.

Si bien algunos de los temas que recorren las cuatro obras pueden considerarse hoy algo anacrónicos, el notable tratamiento del realizador logra transformarlos en el centro de relatos universales y atemporales. El propio Guitry, por otro lado, era un genio del histrionismo suave y reservado, si tal descripción es posible, y sus personajes son verdaderos reflejos de las zonas bellas y erróneas de la pequeña burguesía francesa. Luego de ese periodo brillante llegaría la ocupación alemana y las posteriores acusaciones, totalmente infundadas, de haber sido un colaboracionista, la prisión y un juicio que terminaría en sobreseimiento. Luego de la Segunda Guerra Mundial, su carrera seguiría caminos diversos, desde la popular comedia negra El señor asesino (La poison, 1951) a las ambiciones históricas de Napoleón (1953). Pero todo eso forma parte de otro capítulo de la historia.

Sacha Guitry, el malicioso

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